Conoce Magdalena

Miranda, donde la paz también se camina

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Miranda, en el norte del Cauca, ha aprendido a sanar sus heridas caminando hacia la esperanza.

Llegar a Miranda, Cauca, es como adentrarse en un susurro verde. Las montañas lo abrazan todo, los cielos parecen no tener fin y el aire huele a tierra mojada y a promesa. El camino que conduce hasta aquí no es solo una carretera: es la antesala de la esperanza. Cada curva revela un paisaje distinto, un pedazo de vida que invita a bajar la velocidad, a respirar profundo y dejar que el viento hable bajito sobre lo que este pueblo ha logrado sanar.

En Miranda, la vida transcurre sin prisa. La gente aún saluda al pasar, los niños corren detrás de una pelota y las conversaciones fluyen con la calma que el corazón necesita. Este es un lugar que ha aprendido a reconstruirse desde la ternura y la resistencia cotidiana.

Una de las experiencias más conmovedoras fue subir al Cerro de las Tres Cruces, el mirador que custodia al pueblo. El ascenso exige esfuerzo, pero también entrega, cada paso recuerda lo que significa resistir, y cada mirada al horizonte habla de futuro. Desde la cima, el viento sopla con fuerza, como si quisiera borrar los ecos del pasado y escribir una historia nueva.

En la vereda La Munda, donde funciona la planta de chocolate Chocotonga, conocí una comunidad que transformó su destino a través del cacao. Entre árboles y risas, hombres y mujeres afrodescendientes me recibieron con una taza de chocolate caliente y una historia de resiliencia. “Cada tableta lleva un pedacito de nuestra historia”, me dijo uno de los productores, mientras el aroma del cacao llenaba el aire.

Allí, Yulieth Cuenca y Yoliman Beltrán trabajan el cacao cultivado por campesinos de las veredas cercanas. Con sus manos, convierten la memoria de la guerra en aroma y sabor: el cacao es hoy símbolo de paz, y el chocolate.

De regreso al centro del municipio, la Plazoleta Regional de la Paz me esperaba con el bullicio suave de un pueblo que se reúne. Este espacio impulsado por el Fondo Nacional de Turismo (Fontur), no es solo un punto turístico: es el corazón simbólico de una comunidad que decidió sanar a través del arte, la cultura y el diálogo.

Desde la plazoleta, la ruta continúa entre paisajes de ensueño: fincas cafeteras, senderos ecológicos y miradores que parecen salidos de una postal. También hay casas donde los jóvenes ensayan música, danza y teatro, porque aquí la paz no solo se conversa: también se canta, se baila y se comparte.

Miranda es la prueba viva de que el turismo puede ser una herramienta de transformación. Su gente entendió que abrir las puertas al visitante es abrir también el corazón a nuevas oportunidades.

Este rincón del Cauca no se mide por su tamaño, sino por la fuerza de sus historias. Porque aquí, la paz no es un discurso: es un camino que se anda, paso a paso, con los pies descalzos sobre la esperanza.

Miranda, donde la paz también se camina.

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